Estoy aquí, sentada frente a esta fea máquina negra, con el alma fría de tanta impotencia, intentando ordenar mis ideas, buscando algún modo de aplacar esta rabia. No lo encuentro, desde ayer no lo encuentro, desde el pasado domingo por la mañana lo busco y no lo encuentro. Tengo en mi corazón una terrible ansiedad, siento que la boca de mi estómago no para de gritar: ¡son un montón de falsos, gente que finge, que ha sido educada por hipócritas, para ser hipócrita!
Quisiera decir que la situación no me afecta, pero eso me haría parte de esa gente que provoca que se me revuelva el estómago y que me dé vueltas la cabeza; no puedo mentir, no de esa manera, no en esa magnitud. Esto me afecta, es gran parte de mi vida lo que se derrumba cada vez que siento que “ellos” hacen esto, no es la primera vez que ocurre, no es la primera vez que lloro por esto, sin embargo, muy a pesar de todo el dolor, cuando logro superar la prueba, retomo mis sueños, me uno de nuevo a “ellos”, son el único camino que conozco para llegar a mi destino, un camino que, tal vez, termina donde inicia.
Los quiero demasiado, a su lado he crecido en gran manera y no son mis padres, a su lado he aprendido a vivir, y no son “ellos” el manual de la vida, de su mano, de sus manos he descubierto lo que soy, no dejo atrás a quien está siempre adelante, sólo pido que se le escuche, sin afirmar que no lo hacen. Tal vez, eso es algo que no debería importarme, tal vez sólo debería obedecer, sin cuestionar de quien vienen las órdenes, pero cuando las cosas me afectan, necesariamente me importan, cuando sé a quién debo obedecer, siento la necesidad de saber de quién vienen las ordenes.
Sé que no debería poner en “ellos” mis ojos, mucho menos mi corazón, pero… ¿Qué hago? Cuando menos lo espero están ahí, cuando más necesito su presencia se van, no es sólo que no estén, sino que de estar se van. Tal vez es mi romántico corazón quien cree cosas que no son, pero… ¿es difícil aclarar, decir la verdad? ¿Qué gana el que miente? ¿Destrozar corazones? ¿Eso busca? Qué razón tenía Lutero al afirmar que ni el título lo hace sabio, ni la sotana santo.
No os confíes de quien no es digno de confianza, cernid vuestra paz, filtrad lo que nos da felicidad. Cuando la falsedad invade un alma, ¡qué difícil es sacarla!