Viví mucho tiempo, tal vez resulte poco a los ojos del lector, pero sinceramente cuando se vive con algo como esto dentro el tiempo pasa lento, muy lento. Un momento, un pequeño momento, al que podría atribuirle el título de “arranque emocional” me quebró por dentro, me quebraron aquellos pocos, pero dañinos, golpes; mi cuerpo no presento consecuencias significativas, sin embargo, el corazón (como suelo llamarle a esto de lo que desconozco su nombre real, a esto que provoca emociones y sentimientos, tal vez sólo impulsos nerviosos dentro de mí), el corazón se mostró lastimado en extremo, quebrado, incompleto.
Hay quienes suelen decir que esto debe sacarse de inmediato, el rencor, el resentimiento, mientras que otros tantos van por la vida creyendo que estas cosas deben permanecer por siempre en el interior de quien, pareciera ser, la víctima. Yo, en lugar de lo anterior, y quizá en contradicción con las opiniones ajenas antes citadas (sin corroborar), me tomé un tiempo que ahora parecer ser demasiado para decidir ser “libre” de la porquería que venía guardando desde hacía ya un rato.
Fui, hablé; mi corazón expulsó con gran fuerza y angustia el sufrimiento que me estaba quemando por dentro, dolió gritarlo, no podría negar tal suceso, mas como aquéllo, debo reconocer que he sido sanada (por llamar de alguna forma a la perdida de dolor emocional). No quiero siquiera pensar qué habría sucedido si hubiese tardado más en tomar tan importante decisión. Sobre el corazón se van formando capas y entre mayor cantidad de capas halla sobre él, resulta más complicado quitarlas y sobre todo más doloroso deshacerse de ellas; parece que hice lo correcto, parece que ahora estoy más cerca que en aquel tiempo de la dicha, hay algo que no pongo en tela de juicio: esta inmensa paz que sobre pasa todo entendimiento, que, indiscutiblemente, no sentía hace unos días.
*El rencor daña, sí… paro el perdón libera y sana*