6 mar 2011


El viernes pasado, por la mañana, al comenzar la rutina de todos los días, subí al transporte público, ésta vez, como tantas anteriores, estuve escuchando de más, mientras veía por la ventanilla, en el asiento trasero, viajaba un matrimonio, fue horrible percatarme de cómo se quejaban acerca de sus trabajos, de todas las labores por realizar en un solo día, la hermosa mujer, porque era hermosa, preguntaba la razón del tiempo ¿qué prisa tenía el día, por qué sólo habían de ser 24 horas? el caballero, se recostaba en su hombro, decía que ese era al único lugar donde podían estar así, solos, juntos, sin gritos; Sus tres hijos pasaban todo la vida corriendo de orilla a orilla, por la casa, su suegra, no paraba de juzgar cada uno de sus movimientos, condenando su trabajo como “esposo”.
Qué estupideces son estas, no creo que el problema sea su suegra, ni sus tres hijos, ni todo el trabajo que cuesta llevar el pan a casa; ellos se amaban, pero cuando decidieron compartir sus vidas no pensaron en el esfuerzo que costaba vivir en familia, se unieron apenas teniendo 19 años, tuvieron su primer bebé un año después.  A los dos meses de la muerte de su suegro, la mamá de su mujer decidía ir a vivir a casa, creía que sus nietos estaban mal cuidados ¡esta señora y su paranoia!
Él, de nombre “Michel” había estudiado la licenciatura en derecho penal, intentó hacer una maestría, no lo logró, odiaba el derecho, estaba arto de memorizar códigos legales. Eso, justo eso era el problema, él estaba haciendo lo que más odiaba hacer, su padre quería que fuese abogado, como él. Todo fue por no tomar decisiones propias, por ser lo que nunca quiso ser y trabajar en un absurdo despacho, defendiendo gente –decía–

“El que hace lo que le gusta, jamás tiene que trabajar”

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